El 4 de abril de 2004, durante el Domingo de Resurrección de la Semana Santa, una crecida repentina sorprendió a habitantes de Villa de Fuente, en Piedras Negras, dejando una de las tragedias más graves en la historia de la ciudad.
A 22 años, el hecho sigue marcado no solo por sus consecuencias, sino por las dudas que persisten en torno a la actuación de las autoridades y el número real de víctimas.
El fenómeno se originó por lluvias intensas en la Serranía del Burro, que provocaron el desbordamiento violento del Río Escondido. La corriente descendió con rapidez hacia la zona urbana, arrasando viviendas y vehículos en cuestión de minutos. Entre los principales señalamientos que han prevalecido con el tiempo se encuentra la falta de una alerta oportuna que permitiera a la población evacuar zonas de riesgo antes del impacto.
De manera oficial, el saldo se ha mantenido en 38 personas fallecidas y siete desaparecidas. Sin embargo, desde los primeros días posteriores al desastre y a lo largo de los años, habitantes de la ciudad han sostenido que la magnitud del evento no corresponde con esas cifras. Versiones locales apuntan a que el número de víctimas podría ascender a centenas, basadas en testimonios sobre personas no localizadas, familias afectadas y casos que, según estas percepciones, no habrían quedado plenamente registrados.
La diferencia entre las cifras institucionales y las versiones de la población se suman a los cuestionamientos sobre la respuesta de las autoridades en ese momento. Para algunos sectores, se trata de las consecuencias del caos y la dificultad para contabilizar víctimas en una emergencia de gran escala; para otros, es reflejo de posibles fallas tanto en la prevención como en la claridad de la información. A 22 años, la tragedia de Villa de Fuente permanece no solo como un episodio de dolor, sino como un caso que aún genera dudas en la memoria colectiva de Piedras Negras.
















